
En un ejercicio de cinismo absoluto, Héctor Serrano ha salido a defender su infame “Ley Serrano”, calificándola insólitamente como un “precursor” necesario para regular la inteligencia artificial. Lejos de pedir disculpas por haber intentado imponer un bozal a la libertad de expresión y perseguir a periodistas, el operador político se victimiza y pretende elevar su fracaso legislativo al nivel de una proeza histórica. Serrano, quien ayer fue el verdugo de la prensa libre, hoy intenta lavar su imagen apelando a supuestos “principios” y “convicciones”, cuando todos en San Luis Potosí saben que su única motivación fue la censura, el control y el ataque directo a quienes se atrevieron a señalar los abusos del poder que él mismo orquestaba.La derogación de su ley no es un acto de vanguardia, como él pretende engañosamente hacer creer, sino el resultado del rechazo social y nacional que su política represiva provocó. Mientras Serrano habla de “realidades reales” y desprecia el “embate mediático” —término que utiliza para invalidar cualquier crítica legítima—, la realidad es que su carrera política queda marcada por el estigma de haber intentado asfixiar las garantías fundamentales. Su discurso es el de un político en caída libre que, ante el desdén incluso de sus propios aliados, intenta desesperadamente ocultar su hundimiento tras una cortina de humo sobre regulación tecnológica. La historia, que él tanto invoca, no recordará su ley como un avance, sino como el intento más burdo de imponer el autoritarismo en un estado que ya no tolera a sus verdugos.
