Dados y Barajas

La Gallardía y el poder que no se esconde

Autor: Equipo editorial

La Gallardía dejó de ser hace tiempo una celebración partidista. Se ha convertido en el escaparate donde el grupo gobernante exhibe, sin pudor, la forma en que entiende y ejerce el poder. Y no fue demostración de poder, fue miedo. ¿Por qué entonces no estuvo ningún representante nacional del PVEM?

No importó tanto si fueron 35 mil, 50 mil o más asistentes. Lo verdaderamente relevante es cómo se “llenó” el Teatro del Pueblo: burócratas convocados desde las 15:00 horas con pase de lista; beneficiarios de programas sociales bajo la amenaza de perder apoyos si no acudían; y, esta vez, un ingrediente que abre un debate mucho más delicado: la movilización de personas internadas en anexos vinculados con Temazcalli y el DIF estatal.

La discusión no es si esas personas tienen derecho a participar en la vida pública. Por supuesto que lo tienen. La pregunta es otra: ¿acudieron libremente o fueron utilizadas para inflar una concentración política? La diferencia es enorme. Confundir inclusión con movilización clientelar es una forma de evadir el verdadero problema.

En la semblanza proyectada durante el evento aparecieron los rostros de Juan Manuel Carreras y Enrique Galindo como parte de la llamada “herencia maldita”. Más que una referencia al pasado, fue la confirmación de que el discurso del gobierno necesita mantener vigente un enemigo permanente. Curiosamente, esa parte no apareció en la transmisión oficial difundida por el PVEM en redes sociales.

Los discursos terminaron de dibujar el escenario. Ignacio Segura habló de conquistar la capital del estado y hasta dejó entrever posibles aspirantes en entrevista previa: Juan Carlos Valladares, el gran ausente, ya instalado en Vali, Colorado, para sus tradicionales vacaciones de Verano. Y por no dejar, Sonia Mendoza, que minutos después se descartó. MMMM

Ricardo Gallardo Juárez recurrió al lenguaje que mejor conecta con la base más dura del movimiento: insultos, enemigos identificables y llamados a impedir el regreso de “ese tipo de gente”. No fue un exabrupto; fue un mensaje político cuidadosamente dirigido.

Pidió el regreso de las purificadoras con las gestiones de Ruth González: “Hubo por ahí un pendejo que las quitó y todo el mundo aquí lo sabe” alertó refiriéndose a quién lo sacó del poder, Xavier Nava.

Ricardo Gallardo Cardona, por su parte, insistió en la meta del millón de afiliados al PVEM y proyectó victorias para los siguientes tres procesos electorales a la gubernatura, se enredo con citas de Chavela Vargas, y luego dijo que él no manda, que quién manda es su esposa, la senadora Ruth González. ¿Cómo? Ese lamentablemente es el nivel de discurso de nuestro mandatario.

Por su parte, la destapada del Verde al 27, buscó responder a quienes cuestionan su desempeño como senadora, pero también consolidar una narrativa distinta: la de la madre que cuida, protege y nunca abandona a su familia. No fue casualidad. Mientras el gobernador habló de estructura, territorio y triunfos electorales, ella habló de afecto, cercanía y sacrificio.

La pregunta ya no es si el gallardismo tiene fuerza para llenar una plaza. La verdadera pregunta es cuánto de esa fuerza proviene de la convicción ciudadana y cuánto depende de una maquinaria que, elección tras elección, parece necesitar cada vez más recursos, más presión y más control para demostrar que sigue siendo invencible.

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